23 de noviembre de 2020

El Huaina

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por Rubén Jerez
Te invitamos a leer más de los autores Jessica Jerez y Rubén Jerez en su página web


Nadie se dió cuenta en qué momento el Pancho se convirtió en Huaina. Ya estaba pichón.

¡Este es el Pancho! decía su abuelo paterno ese año, que orgulloso lo presentaba a la parentela, con la que se encontraba cada primero de noviembre en el cementerio, ya está huaina ya pues.

El Pancho había nacido en su casa, en el fundo donde su abuelo y su padre eran inquilinos; fue un parto difícil y con muchas dificultades, la madre había sido ayudada por la partera del lugar.

Nació enclenque, flacuchento y blanco como pantruca.

Hay que bautizarlo luego – dijo la abuela- este niñito no está na´ eh bien.

El padre del Pancho andaba preocupado y le costaba dejar de pensar en su hijo. Las labores de campo le permitían trabajar y pensar sin que aquello causara algún descuido importante.

Conversando con sus amigos, vecinos y compañeros de trabajo, en el campo se daba todo eso junto, les comentó: con la vieja tenimoh que bautizar al hijo y no sabemos cómo ponerle. Pónganle Pancho le dijo alguien, esos no aflojan nunca. De ahí su nombre. Aunque tuvieron que explicarle que les decían Pancho a los que se llamaban Francisco.

Bueno, el Pancho creció de golpe y el tiempo pasó volando. El Pancho, al decir de su abuelo, ya era huaina.

El joven otrora enclenque tenía una gracia, era bueno pal arco. En la escuela, en las pichangas del recreo, no había caso que le hicieran goles. Y así iba corriendo su fama de ser “güeno pal arco”.

En el fundo, como casi en todos en realidad, había un club de Futbol. El Escudo, eterno rival del equipo del fundo del lado: El Independiente. Eternos rivales, pero a la hora de necesitar un refuerzo (galleta) ambos clubes no tenían inconveniente en facilitar el o los cracks que se necesitaran. Era como una minga deportiva.

El domingo se enfrentarían el Escudo y El Independiente ¡gran partido gran! el clásico del valle, comentaban todos con entusiasmo, y es que el futbol siempre les pareció una buena razón para distraerse y tomarse unos copetes. Celebrar la victoria o la amargura de la derrota, según fuera el caso. Si había empate igual de bien, así celebraban la amistad.

El partido se jugaba con tres series. La tercera, la segunda y la primera. En ese mismo orden. En la primera obviamente estaban las estrellas. Es decir lo mejorcito de la gallá.

Se jugaron las series anteriores y no se hicieron daño. Ahora viene lo güeno pos ganchito, decía uno de alguna de las barras. Aquí vamos a ver quién es quién.

Cuando estaba por arrancar el último pleito surgió un inconveniente, el equipo del Escudo no tenía arquero. El titular repentinamente se enfermó. Este comió asado de cordero y se mandó una pilsen, dijo alguien. ¡Ahora está que revienta! No puede jugar. El arquero de la segunda ya estaba en el establo, era lechero, imposible hacerlo volver; y el de la tercera se había ido hacía rato porque tenía quir al pueblo.

¿Qué hacemos ahora? Se preguntaban los del Escudo. ¡Que juege el Pancho! Gritó uno de por allá. Es que es muy cabro dijo el abuelo, el que acercándose al Pancho le puso una mano en el hombro y cariñoso le preguntó: ¿Hijo, se anima a jugar? Y por qué no po´ taita – dijo el Pancho con entusiasmo- , bueno vístase entonces y saque la cara por club y por el fundo mijo. No faltaron voluntarios para prestarle los implementos que necesitaba, zapatos, medias, vendas, etc. Y así no más fue. El Pancho se puso al arco, total el cabro es güeno pal arco.

El partido principió cauteloso, los rivales se respetaban, los jugadores se conocían todos y muchos eran amigos. Pero un partido es un partido y hay que ganarlo. El primer tiempo terminó empatado a cero, todos felicitaban al Pancho, que tuvo un par de atajadas fenomenales.

El segundo tiempo empezó con un poco más de acción y ya en los primeros minutos ambos equipos se acercaron con mucho peligro al arco rival. El Pancho se estaba convirtiendo en la estrella del partido. ¡Guena Pancho! No aflojís Pancho, le gritaba la barra con entusiasmo.

En el minuto 75 el Escudo abrió la cuenta con un golazo del puntero derecho. Fue una jugada llena de futbol; en un despeje largo del Pancho, tomó la pelota el centro campista, quien con un pase exquisito la coloca en el pecho del 9, el que con maestría la baja, mira a izquierda y derecha, amaga un centro, la defensa queda tirada y luego la sirve al wuin derecho, el que con un derechazo fulminante, derrota al arquero de Independiente, cuya estirada fue inútil. La pelota fue a dar al fondo de las mallas. Explota la hinchada del Escudo y celebra el tanto con un entusiasmo ensordecedor. Todos felices.

Ce hache i, Chi. Ele e Le , Chi Chi Chi , Le Le Le, Escudo de Chile!!!

Ahora se va poner güeno el partido ganchito -dijo un hincha de Independiente– un poco amostazado con el gol. Pero los del Escudo eran locales, había que tener cuidado.

Independiente se fue encima, pero la defensa del Escudo, que era buena y aplicada, neutralizaba cualquier ataque del rival, impidiendo el empate. El reloj se comía los minutos y el rival del Escudo se estaba poniendo nervioso, aumentaba el roce y la pierna fuerte.

Minuto 88, Independiente avanza con peligro al área contraria, cuando el puntero está a centímetros de la raya de fondo saca el centro, la pelota golpea la pierna del defensa. Córnia, gritan los de Independiente. Córnia -dice el árbitro- y decreta el tiro de esquina.

Los tenimos cabros, gritaba la barra del Escudo, aplicados, cada uno con su marca. A esa altura todos eran técnicos.

Minuto 89, viene el centro muy cerrado, se confunden en el área defensores y atacantes, todos saltan tratando de cabecear, unos para despejar otros para intentar meterla al arco, pero en medio de este bosque de cuerpos surge la larga figura del Pancho, que con sus manos como tenaza atrapa la pelota. ¡Güena Pancho! Grita la Barra, ahora termina, ahora termina. ¡Ganamos, ganamos!…

Ce hache i, Chi. Ele e Le , Chi Chi Chi , Le Le Le… Independiente de Chile.

Que pasó, preguntó uno que estaba pajareando.

El Pancho luego de agarrar la pelota, choca con un compañero cae al pasto y se le suelta, ésta llega mansita a la pierna de un jugador de Independiente, choca en el zapato y casi con displicencia cruza la raya de sentencia. El árbitro pita e indica el centro de la cancha.

Fue el agónico empate.

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