25 de noviembre de 2020

El vuelo

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por Sara Contreras


No lo podía creer, dos años, casi dos años. Casi dos años y fue como si no fuesen nada. Terminamos. Mejor dicho él terminó, no le importó la casa, la familia, la inversión. Y parecía aun importarle menos, mi amor.

Tenía que dejar de pensar, dejar de cuestionarme si tal vez fui yo la que hizo algo mal, la que dijo algo que no debía, la que desde un principio se equivocó. Quizá dañé su ego o su orgullo simplemente fue más grande que su amor. Caí en el profundo pozo de la tristeza y la desesperación, la amargura, la incertidumbre. Las sensaciones de abandono y soledad se apoderaban de mí. 

Salí a correr, era lo que necesitaba para despejarme y para dejar de recordar a este mal amor, triste y dañino, pero no menos inmenso, ni intenso amor. Mientras corría por el borde costero, disfrutaba de la aleatoria música regalada por “Youtube” a través de mi celular. La hermosa playa de Zapallar se mostraba piadosa y complaciente ante mí. La suave arena abría camino ante mis pasos para dejar que en ella penetrasen mis pies. El aire, tremendamente puro, inundaba mis pulmones, que a la vez activaban mis músculos y oxigenaban mi corazón, corazón que volvía a latir con el ímpetu que lo caracterizaba. Ahora todo parecía mejor, volvía a la alegría tradicional, parecían disolverse las penas y olvidarse las tragedias.

Hasta que empezó esa canción, aquella triste canción que recordábame la pérdida. Entonces lloré, por primera vez desde su ausencia, lloré. Lloré y lloré, no podía parar de hacerlo, mis ojos ya no me pertenecían, se controlaban por su cuenta y querían sumir mis lágrimas en la inmensidad del mar.

Cuando sentí que ya no podría controlar el desconsuelo, fue cuando por fin entendí. Miré a los cielos y agradecí. Agradecí a Dios por darme la posibilidad de conocerte, y tenerte en mi vida. Aunque fuese por al menos un episodio. Agradecí también tener aquella enorme capacidad de amar, de sentir, de sufrir, e incluso de llorar, porque solo pasando por un mal momento, identificamos el bueno. En ese momento algo cambió, recibí el dolor como parte de mí, te perdoné y me perdoné, abrí mis brazos lentamente para recibir la paz, como un ave que se dispone a volar, volé en mi imaginación y volaron de mí los malos recuerdos, no sé cómo también yo empecé a volar, hasta que voló también mi mente.

En aquel momento, la mujer transformada completamente en gaviota, se unió a los cielos con el resto de sus compañeras. Ya no existía pasado alguno, o esbozo del sentimiento de alegría o tristeza. Hoy la preocupación era alimentarse y migrar. 

Se cuenta en el pequeño pueblo que si el amado alguna vez volvió, nunca nadie lo supo, porque para ese entonces, las gaviotas ya iban demasiado lejos.

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