23 de noviembre de 2020

Un viejo mirón

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por Sara Contreras


Antes de las siete ya despierto, creo que reciclaré el despertador, puesto que ya no le veo utilidad alguna. El sol ha sido el causante de que termine mi sueño, como todos los días se ha colado por aquella rendija que deja la cortina. Si me viera mi madre probablemente me regañaría, ¡Que nunca hayas aprendido a cerrar las cortinas, Tomás!… siempre me dijo lo mismo. Comienza mi día, me preparo un par de huevos, ni revueltos ni fritos, una mezcla de ambos, no beberé café esta mañana, sino el ataque de la tarde no me lo aguanto. Hoy no pienso ducharme está muy helado, total, ¿quién lo sabrá?…

Salgo de mi casa alrededor de las ocho de la mañana, bajo del departamento por el ascensor, saludo amablemente al conserje. Camino por la calle Antonia Lope de Bello hasta llegar a la esquina de Pío Nono, saludo a don Raúl, hombrecito bonachón que vende periódicos en aquel kiosco junto al paradero. Observo y decido entre comprar aquel diario “picante” pero más entretenido, que obscenamente te narra los hechos del día anterior, u optar por aquel que te informa, pero que de tanta seriedad te enveceje aún más. Voté por el segundo.

Seguí caminando hacia mi destino de todos los días, en la calle por mi izquierda está el Hotel Monteverde, aunque la mayoría de las personas lo utiliza como Apart Hotel, por una noche o una par de horas. Me molesta, porque se supone que un hotel debiera ser algo familiar, o un lugar donde descansar, y es para lo que menos se utiliza en la actualidad. A veces veo parejas casi cayéndose luego de estar en Bellavista, borrachos que apenas se pueden los pies, como deben de vomitar, orinarse, y quien sabe que más en ese lugar llamado decentemente “hotel”. Al lado del hotel un barcito de mala muerte que ni siquiera tiene nombre, y junto a él la farmacia Roesar, promocionando animadamente el “Supradyn”, aquel complemento energético que a viejos como yo, los doctores prácticamente obligan a tomar, aunque no ves ningún cambio, y mucho más hace la malta con huevo. Luego de la farmacia está el bar Camino al cerro, recuerdo que en mi época se llamaba Amapola, aunque mi grupo cercano, le decía el “Amacola”, y como no hacerlo si era el lugar en donde se juntaba todo el florerío de Santiago en Bellavista, el lugar que los hombres utilizaban para conocer otros hombres, y no precisamente para hacerse amigos. Al lado del Camino al cerro, el bar El Nuevo camino, casi como si lo crearon por envidia, otro local sin número, y una sandwichería, luego el bar La Nona, un par de departamentos, y cambiamos de cuadra.

Pero eso era sólo lo que veía por el frente, por la vereda en la cual iba caminando podía observar otro par de locales del mismo tipo, primero El Malecón de la Habana, creo que es un lugar en el cual se va a bailar salsa o algo por el estilo, junto a él un minimarket, lugar que atiende don Hugo con la señora Jovita, una vieja sebosa pero muy amable, que casi siempre tiene la misma ropa. Al lado el Locos por el deporte, recuerdo la primera vez que estuve ahí con un grupo de amigos, creo que ya no soy capaz de beber tanto como lo hice en aquella época en un solo día. Al lado un local nuevo, lo llamaron Harvard, yo creo que sólo con el fin de que los cabros se sientan atraídos para “ir a chupar”. Sigo caminando y me topo con otro motelucho, que por lo menos no tuvo el descaro de ponerse “hotel”, y desde donde un amigo me contó una vez salió prácticamente vomitando (por la inmundicia que encontró ahí), y unas parrilladas. Llegamos a Dardinang, cruzo la calle, y llego al Patio Bellavista. Aquí es donde realmente comienza la aventura diaria.

Realmente me carga este lugar, me apesta. Es una especie de creación hecha para puros viejos con plata. Claro, soy un viejo solo y con plata, pero no siempre lo fui, creo que en el fondo de mí desearía tomarme una cervecita a esta hora. Si el colon me lo permitiera, supongo que no dejaría de hacerlo. Pero entro, me recorro lo mismo de todos los días, la tiendita que vende recuerdos para los turistas y que les cobra casi cinco veces su valor, el local en el cual se vende artesanías, el de los chalecos de lana y calcetines chilotes, el que vende las poleras hippies (local al que entrar puros idiotas que se pretenden de algún partido y que con suerte tiran un par de piedras), etc.

Me siento en una mesita, abro mi diario de viejo, y espero por unos minutos, mi local favorito ya debe estar por abrir. Abre. Y ahí está ella, Rosita, si tuviera cuarenta años menos, le habría hecho los puntos hace rato, me mira, sonríe, y como todos los días me ofrece un café.

– Tan temprano como siempre don Tomás, ¿un cafecito?

– No mi linda, hoy es martes, día de huevos y ya sabes lo que pasa.

– No tiene para que recordármelo, té de manzanilla con dos de azúcar, que mala memoria tengo, hoy ya es martes, en seguida.

Lo que no sabe Rosita es que no necesito un tesito ni nada. Vengo todos los días sólo para observarla, si el idiota de su novio supiera el tesoro que tiene, si la negrera de su jefa se diera cuenta del diamante que ella es, pero no, nadie la ve como la ve este viejo mirón. Su carita es especial, eso es lo que me gusta de ella, morenita, con carita de india dirían muchos, una sonrisa enorme, de pómulos pronunciados, caderas generosas, y pechos pequeños, de manos chiquititas, y con siempre olor a crema de coco. Pero lo que me gusta de ella es que es amable. A veces su jefa la tiene trabajando más de once horas, pero la sonrisa no le desaparece. Trata bien a todas las personas, incluso a los idiotas que vienen bebidos, a los gringos bobos que pagan mucho, a la vieja de su jefa, al idiota de su novio, a los estudiantes pavos que se creen la muerte, a las mamás con guaguas, a los indecisos, a las viejas apuronas, y a este viejo abandonado, que hoy ni siquiera se bañó. Pero ella sólo es amable, realmente si pudiera, la haría felíz.

Se terminó mi tesito, leí la mitad del diario, está llegando más gente al lugar. Es hora de marcharme, esperando no hacer nada por el resto del día para esperar a que llegue mañana. Día de pan con mermelada, me toca el eterno café, me tengo que duchar, para hacer el mismo e interesante recorrido de hoy, pero quien sabe, en una de esas, algún día me ocurre algo distinto, o encuentro una Rosita para mí.

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