25 de noviembre de 2020

La condición de la mujer en Chile. Algunas cifras para abrir el debate.

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por Josefina Balbontín Zolezzi

Desde el estallido social del 18 de octubre del 2019 ha tomado fuerza el cuestionamiento a las bases políticas, económicas y sociales de nuestro país. El proceso constituyente que tenemos pendiente, nos abre la hermosa posibilidad de “repensar Chile”, de crear un país más justo y democrático para todas y todos los que habitamos el territorio nacional. Dentro de este proceso el ideario feminista y la conciencia sobre la necesidad de mejorar las condiciones de vida de las mujeres chilenas se ha popularizado. Nadie podría negar el alto impacto que generó la masividad de las manifestaciones del 8 y 9 de marzo de este año en nuestro país, millones de mujeres salimos a las calles exigiendo el fin de la violencia machista, de los femicidios, una ley de aborto universal, fin a la brecha salarial entre hombres y mujeres, paridad de género en los cargos de representación, educación no sexista, entre muchas otras cosas. Evidentemente esta masividad no es espontánea. Durante los últimos años el movimiento feminista ha adquirido protagonismo en el quehacer político mundial. En todas las esferas, mujeres han denunciado la desigualdad entre hombres y mujeres y nuestro país no ha sido la excepción. El presente artículo tiene como objetivo abrir futuras reflexiones sobre el impacto del movimiento feminista en nuestro país a partir de datos concretos sobre la condición de las mujeres en Chile.

 A lo largo de la historia de Chile han existido diversas oleadas feministas. El último despertar comenzó el 2017 cuando las estudiantes universitarias adhirieron a la campaña internacional “Me too” en contra del acoso sexual y discriminación de las mujeres en el aula. El 2018 fue el año de las “tomas feministas”, en muchas de las universidades del país se discutió seriamente sobre la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, el acoso sistemático de muchas estudiantes por parte de sus profesores y compañeros, se hicieron denuncias y se establecieron sanciones, mesas elaboraron protocolos de prevención y denuncia del acoso, entre otras cosas.  Ese mismo año se despenalizó el aborto en tres causales y entre el 2019 y principios del 2020 se han realizado las marchas feministas más numerosas en la historia de nuestro país.

Una lectura ligera supondría que dichas manifestaciones han tenido un impacto profundo en la población y en cierta medida es verdad. Del 2016 a la fecha se han formado diversas agrupaciones feministas de las más diversas corrientes, identidades y origen. Agrupaciones de estudiantes secundarias y universitarias, de mujeres profesionales y afrodescendientes, de profesoras y académicas, de CIS y trans género, todas intentando buscar una explicación y las posibles soluciones al problema de la opresión estructural y sistemática de las mujeres en Chile. 

Lamentablemente ni los espacios de reflexión y discusión teórica, ni las manifestaciones masivas se han traducido en una disminución en las cifras de desigualdad, femicidio, ni de abuso sexual en nuestro país.  

En términos laborales, según la encuesta de Ocupación y Desocupación del Gran Santiago, que elabora la U. de Chile, el 50% de las mujeres en edad laboral trabaja y además las brechas salariales son inmensas. Al 20 de febrero del 2020, el valor promedio de la hora de trabajo era de $4.974. “Pero entre hombres y mujeres hay un 11.4% de diferencia:  las mujeres ganan $4.651 por hora, mientras que los hombres $5.253 por los mismos 60 minutos”.

Según la fundación Sol “el 50% de las mujeres gana menos de $270.000; 27% entre $270.000 y $450.000; 13% entre $450.000 y $750.000; un 7 % gana entre $750.000 y $1.400.00 y sólo el 3% gana más de $1.400.000. Por otro lado, el estudio indica que, de cada 100 personas inactivas laboralmente para dedicarse a su familia, 97 son mujeres”.  A estos datos debemos sumar el diagnóstico de la Encuesta CASEN del 2017 que señala que hay más mujeres pobres que hombres. Estas cifras se complejizan si consideramos el estudio de Urzúa que señala que los casos de violencia intrafamiliar en niveles socioeconómicos altos representan un 26,7% de los casos en contraste al 42,8% de los niveles socio-económicos medio-bajo y bajo. Este estudio señala enfáticamente que uno de los factores primordiales para disminuir los índices de violencia en los hogares es la educación.

Según el SERNAMEG en nuestro país los femicidios han aumentado de 34 a 46 en los últimos tres años y los femicidios frustrados disminuyeron de 129 y 108 entre 2016 y 2019.  Al 17 de junio de 2020, en Chile se registran 18 femicidios consumados y 48 femicidios frustrados. En Rancagua la realidad de las cifras también es alarmante, los femicidios consumados aumentaron de 1 a 4 entre el 2016 y 2019. Durante el 2020 en el contexto de pandemia ha habido el aumento explosivo de la violencia intrafamiliar en la ciudad. Según el Programa de la Mujer de la Municipalidad de Rancagua ha habido un aumento del 70% de las denuncias y en lo que va del año se ha atendido a 847 mujeres.

Por otro lado, la justicia chilena no ha estado a la altura de las necesidades de las mujeres; violadores quedan en libertad, no se respetan las medidas de protección y órdenes de alejamiento, los femicidas cumplen poco tiempo en prisión, los medios de comunicación callan o hacen un espectáculo como con Nabila Rifo, los políticos cómplices no promulgan leyes que resguarden efectivamente la integridad física, psicológica y material de las mujeres chilenas. La policía por otro lado, abusa y encubre violadores, trunca procesos de denuncia, y así, la sensación de vulnerabilidad de las mujeres ha ido en aumento y es entendible. ¡Las cifras son alarmantes!  “en 2018, casi un 90% de las víctimas de violación fueron mujeres y el 98% de los agresores, hombres” 

A la luz de estos datos, pareciera ser que algo no estamos haciendo bien. Por alguna razón, el mensaje no está masificándose como queremos, los debates que están sosteniendo las universidades y los mil foros sobre “violencia y autodefensa” no están permeando a los sectores más vulnerables de nuestro país y miles de mujeres sufren a diario la violencia machista de una u otra forma. 

A modo de hipótesis, podría señalar que el movimiento feminista actual ha olvidado que las mujeres somos un sujeto social diverso. El “ser mujer” en nuestro país, y en el mundo, está cruzado siempre por la clase social, el origen étnico, el nivel educativo, la identidad y orientación sexual, el lugar de residencia, etc. Pienso que las mujeres que estamos pensando, debatiendo, publicando y leyendo de feminismo, pertenecemos a una elite. Las feministas somos, en general, mujeres ligadas a las artes, estudiantes, profesionales o académicas. Pero no creo equivocarme en señalar que la mayoría somos del 51% de las mujeres egresadas de cuarto medio que rinden la PSU.  Y me imagino que eso puede sonar pretensioso e incluso arrogante, pero el sujeto popular, en general, no tiene acceso a nuestras conversaciones y debates. Pienso en las dueñas de casa, en las pobladoras, en las mujeres privadas de libertad, en las mujeres Mapuches, en las niñas que son madres, en las mujeres migrantes, en las niñas del SENAME, en las prostitutas, en las temporeras. Pienso cuanto necesitan que el empoderamiento que demostramos en las marchas y conversatorios se manifiesten, también, en sus poblaciones. Pienso en las redes de protección que podemos crear y pienso en mis compañeras, en las maravillosas mujeres que me acompañan a diario y por supuesto que me atrevo a soñar en una praxis política feminista, más allá de la academia, más allá de la militancia. Una proyección política que va más allá de la denuncia y reflexión y que nos ocupemos de mejorar la calidad de vida de todas, pero sobre todo de aquellas a quienes todo se les ha negado.

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