23 de noviembre de 2020

Autoformación Constitucional IV: El violento orden portaleano y el espíritu de nuestras instituciones, 1830- ¿¿??.

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por Álvaro Macaya

En el capítulo anterior observamos que dentro de la élite surge un bando con ideas más democráticas, los liberales o pipiolos que intentaron establecer nuevas formas de organizar políticamente el país, ya que impulsaron debates en torno al federalismo y a incluir un sector de la población marginado, los artesanos. Junto esto se evidencio en sus acciones los intentos de descentralizar el poder político que estaba en las manos de la aristocracia santiaguina, disminuir la influencia de la iglesia, impulsar medidas proteccionistas e incluso tomar en cuenta ideas alrededor de expropiaciones agrarias. Todo esto hizo que surgieran constituciones distintas que trataron de hacer ley algunas de sus ideas, sin embargo, el bando opositor los conservadores o pelucones se unieron para hacer caer su régimen y levantados en armas provocaron una guerra civil hacia 1829 para defender sus privilegios que eran perjudicados por aquellas medidas.

                Los Conservadores triunfaron ganando mediante las armas el derecho de hacer ley su pensamiento, cuidar y ensanchar sus privilegios redactando la Constitución de 1833, que sería una de las más largas de nuestra historia y desde nuestro punto de vista la más influyente. Junto a esto se hicieron con uno de los derechos más importantes, escribir la historia, ya que pudieron crear un relato ficticio en donde hicieron ver su régimen como ejemplo de orden y justicia. Esto es trascendental, ya que se construyó el mito de la “copia feliz del edén”, el cual fue expuesto al mundo para proyectar nuestro país como un lugar en orden para atraer sin lugar a dudas el capital extranjero, práctica que se hace hasta nuestros días. Por mucho tiempo el régimen Conservador se proyectó como un periodo con gobiernos sin grandes sobresaltos, un ejemplo de orden y progreso, sin embargo, todo aquello fue mentira. Entre 1830 y 1860 en Chile se desarrollaron una docena de motines y levantamientos ciudadanos, la mayoría de ellos armados y dirigidos a cambiar aquel despótico orden institucional[1]. Dentro de los diversos movimientos en contra aquellos autoritarios gobiernos se destacan las revoluciones impulsadas en 1851 por la Sociedad de la Igualdad y la Revolución Constituyente de 1859.

                La Constitución de 1833 es el un símbolo de autoritarismo que hizo la figura del presidente casi tan omnipotente que un rey, ya que debilito los de poderes del estado a su favor, así también se restringieron los derechos constitucionales[2]. Esto en gran medida porque este texto fue destinado a dar legitimidad jurídica a gobiernos con características dictatoriales y así defender los privilegios del bando triunfante compuesta por una élite[3] de aristócratas, mercaderes, terratenientes y capitalistas extranjeros[4]. Los rasgos políticos, económicos, sociales y culturales de los gobiernos conservadores consagrados en su Constitución generaron, más que progreso una vuelta al pasado colonial[5]. Esto último por el centralismo del poder, el predominio de la iglesia, la persecución política, la censura de ideas y el control, los únicos rasgos de modernidad serían los generados para que el capital extranjero pudiera desarrollarse sin grandes restricciones. Todo esto porque se favoreció los intereses económicos de las clases altas, las demandas de los capitalistas extranjeros, proteger la propiedad, liberar el comercio y mantener la estratificación social de la colonia[6]. Hay muchas personalidades de este nefasto periodo que se han levantado como héroes nacionales o símbolos de desarrollo intelectual como Diego Portales o Andres Bello ambos conservadores. Estos últimos hoy desfilan frente a nosotros en calles, monumentos y los libros de historia como importantes, sin embargo, sus acciones ayudaron a construir y a fortificar estos violentos gobiernos y su elitista ideología.  

                El proceso constituyente conservador se llamó “Gran Convención”, el cual fue impuesto, dado a que el gobierno eligió a los diputados y a los ciudadanos que participarían (un poco más de treinta) todos conservadores y con poder económico[7]. Si nos vamos a la ciudadanía que se estableció en la Constitución de 1833 veremos que esta seria reservada principalmente a las personas con mayor fortuna, las cuales podían acceder a elegir y ser elegidos. Pudieron ser ciudadanos activos los hombres mayores de 25 solteros y 21 si estaban casados, los cuales tenían que ser alfabetos y poseedores de una propiedad inmueble o un capital invertido[8]. Con esta restringida ciudadanía se redujo a los 20.287 sufragantes en 1829 a 6.702 en 1834, reduciendo el cuerpo ciudadano a su mínima expresión[9]. A pesar que un reducido de artesanos pudieron votar, la aristocracia que fue el gran grupo votante anulaba su poder electoral, en un universo político en donde por varios años no existió oposición. Así se dejó marginado a la gran mayoría de la población chilena, que para los conservadores eran bárbaros y junto a ellos las antiguas formas de participación como asambleas populares y los cabildos.

                La nefasta Constitución de 1833 pervivió casi un siglo, incluso sobrepaso los límites de su matriz ideológica, en otras palabras, a pesar que los gobiernos conservadores acabaron en 1860, este texto no fue cambiado, ya que solo se hicieron reformas. Esto es significativo observar, ya que desde 1861 y hasta 1891, los liberales llegan al poder, no obstante, no impulsaron otro proceso Constituyente, así como lo hizo la Concertación con la Constitución de 1980. La historia también la podemos ver como una espiral en donde algunos procesos se repiten con otras características a través del tiempo. La respuesta al ¿por qué no se cambió la Constitución de 1833, si el gobierno que la impuso se había terminado? Nos podría ayudar a comprender por qué con la Concertación sucedió lo mismo. Al llegar los Liberales al poder nuevamente los partidos de la época se aliaron entre sí en torno a intereses mercantiles, al comercio con el extranjero y a la especulación bancaria y además aprovecharon las facultades extraordinarias de la Constitución para reprimir la rebeldía ciudadana[10]. Para los nuevos gobernantes también fue beneficioso el régimen impuesto con la sangre de sus mismos partidarios, aunque reformaron algunos aspectos importantes como la ampliación del voto y otras libertades primaron principios económicos ante que constituyentes. En otras palabras, la Concertación así como los liberales se acomodó al régimen y no lo cambio, dado a que pudo sacar del sistema impuesto beneficios para su sector, el cual al ser una élite generó redes económicas con el empresariado privilegiado en violento régimen anterior.

                El espíritu del gran artífice de este periodo Diego Portales siguió influenciando después de su muerte, ya que su ideal de orden y violencia a favor de los más ricos fue venerado por los artífices de las elitistas Constituciones posteriores Arturo Alessandri Palma en la de 1925 y Augusto Pinochet en la de 1980. Los futuros textos constitucionales no cambiarían la forma de redacción de sus antepasadas, ya que serían una imposición y las haría por un grupo reducido de personas las que compondrían nuevamente el sector más rico de Chile, siguiendo la injusta y desigual tradición constitucional de nuestro país.


[1] Gabriel Salazar. Movimientos sociales en Chile. Uqbar Editores, Santiago, 2012. Pág. 18

[2] Renato Cristi; Pablo Ruiz Tagle. La Republica en Chile. LOM Ediciones, Santiago, 2006. Pág. 94.

[3] Sergio Grez. La ausencia de un poder constituyente democrático en la historia de Chile. Revista Izquierdas, Vol.3. Santiago, 2009. Pág. 7.

[4] Gabriel Salazar. Historia contemporánea de Chile I. LOM Ediciones, Santiago, 2014. Pág. 197.

[5] Luis Vitale. Interpretación marxista de la historia de Chile, Vol. II. LOM Ediciones, Santiago, 2011. Pág. 107

[6] Renato Cristi; Pablo Ruiz Tagle. La Republica… Óp. Cit. Pág. 95.

[7] Sergio Grez. La ausencia… Óp. Cit. Pág. 6.

[8] Julio Pinto; Verónica Valdivia. ¿Chilenos todos? LOM Ediciones, Santiago, 2014. Pág. 218.

[9] Gabriel Salazar. Movimientos sociales… Óp. Cit. Pág. 77.

[10] Ibíd.: Pág. 20

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