23 de noviembre de 2020

La Teoría del Decrecimiento, una opción realista y necesaria

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por Ramón Miguelez

“El hombre ha de escoger entre ser rico en cosas o en la libertad de usarlas”

Iván Illich

            Un sobregiro bancario es cuando una persona tiene su cuenta en cero negativo y ha utilizado más dinero del cual dispone, por lo tanto está debiendo plata a una institución o acreedor.

            Algo similar es lo que sucede con los recursos que tiene el planeta Tierra. Es decir, todo lo que produce a nivel agroalimentario, mineral, forestal, entre otros debería ser suficiente para alimentar a la población mundial año a año. Sin embargo, debido al modelo capitalista mundial, estos recursos se han ido agotando mucho antes que acabe el ciclo.

            En 2019 la organización internacional Global Footprint Network (GFN), que es la encargada de llevar a cabo este estudio, determinó  que los recursos de ese año fueron consumidos en siete meses (específicamente el 29 de julio se acabaron), quedando sobregirado para el periodo anual siguiente en casi 5 meses.

            Este 2020 no es muy diferente ya que se estima que los recursos de este año se terminarán el 22 de agosto, quedando nuevamente sobregirado para el siguiente. A este ritmo de consumo desmedido se estima que en 30 años habrá una crisis alimentaria grave, donde sumado al cambio climático y el modelo económico, gran parte de la población no tendrá que comer.

            Frente a esta situación se hace necesario atender ideas que tienen que ver cómo repensar la alimentación, economía y pactos ecológicos de cuidado y respeto por el medio ambiente para alcanzar el bienestar común respetando el tope biológico de nuestro hogar.

            La Teoría de Decrecimiento presenta algunas ideas relacionadas con una reestructuración de las relaciones de consumo, explotación y respeto por los recursos que se extraen de la tierra basándose en tres pilares fundamentales:

1.- La tierra tiene recursos finitos: es decir, que si lo que produce el planeta es limitado, no tiene ningún sentido el seguir por este camino donde se pretende crecer económicamente de manera grosera alcanzando cada vez mayores sumas de dinero para algunos, a costa de insumos restringidos y deprivación moral ecológica

2.- Trabajar más en sociedad: dejar de lado los individualismos que se nos ha inculcado desde pequeños es vital. Se necesita volver a la comunidad, al trabajo barrial, al colectivismo, dándole vida a lo local con ferias y espacios de trueque desplazando a los grandes grupos económicos como supermercados y malls. De esta manera también, impulsar una vida más austera y sencilla, minimizando costos y espacios de trabajo o desplazamiento (pienso en camionetas 4×4 que solo llevan a una persona y dan 3 por litro)

3.-  Se puede vivir mejor con menos: los impulsos materialistas y el consumo de cosas (en ocasiones innecesarias), se ve cada vez que hay un aviso de cuarentena en cualquier lugar. El individualismo y el comprar desmesuradamente son factores que deben quedar en el pasado y comenzar a consumir lo que realmente necesitamos. Esto es, estimular los bienes relacionales, más que los bienes materiales, ya que el crecimiento económico no crea cohesión social, todo lo contrario, la destruye.

            Es de esperar que no sea demasiado tarde para hacer el cambio, porque de seguir por este derrotero, muy pronto el planeta no resistirá. Se requiere ahora de medidas concretas, repensando ciudades inteligentes, donde se le vaya quitando espacio al automóvil y se generen ciclovías, medios de trasportes limpios y eficientes, barrios donde se estimule la vida local reduciendo los niveles de consumo energético, entre otras tantas iniciativas, pero que los gobernantes y empresarios no tienen ni la más mínima intención de trabajar.

Para concluir, comparto un texto que aborda la temática presentada y que puede dar pie para el debate.

“En un pueblo de la costa mexicana, un paisano se encuentra medio adormilado junto al mar. Un turista norteamericano se le acerca, entablan conversación y en un momento determinado el forastero pregunta: ‘Y usted, ¿en qué trabaja? ¿A qué se dedica?’. ‘Soy pescador’, responde el mexicano. ‘Caramba, un trabajo muy duro’, replica el turista, quien agrega: ‘Supongo que trabajará usted muchas horas cada día, ¿verdad?’. ‘Bastantes, sí’, responde su interlocutor. ‘¿Cuántas horas trabaja como media cada jornada?’. ‘Bueno, yo le dedico a la pesca un par de horitas o tres cada día’, replica el interpelado. ‘¿Dos horas? ¿Y qué hace usted con el resto de su tiempo?’. ‘Bien. Me levanto tarde, pesco un par de horas, juego un rato con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y, al atardecer, salgo con los amigos a beber unas cervezas y a tocar la guitarra’. ‘Pero ¿cómo es usted así?’, reacciona airado el turista norteamericano. ‘¿Qué quiere decir? No entiendo su pregunta’. ‘Que por qué no trabaja más. Si lo hiciese, en un par de años tendría un barco más grande’. ‘¿Y para qué?’. ‘Más adelante, podría instalar una factoría aquí en el pueblo’. ‘¿Y para qué?’. ‘Con el paso del tiempo montaría una oficina en el distrito federal’. ‘¿Y para qué?’. ‘Años después abriría delegaciones en Estados Unidos y en Europa’. ‘¿Y para qué?’. ‘Las acciones de su empresa, en fin, cotizarían en bolsa y sería usted un hombre inmensamente rico’. ‘¿Y todo eso, para qué?’, inquiere el mexicano. ‘Bueno’, responde el turista, ‘cuando tenga usted, qué sé yo, 65 o 70 años podrá retirarse tranquilamente y venir a vivir aquí a este pueblo, para levantarse tarde, pescar un par de horas, jugar un rato con sus nietos, dormir la siesta con su mujer y salir al atardecer con los amigos a beber unas cervezas y a tocar la guitarra’.” (Taibo, Carlos en “Parábola del pescador mexicano”)

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